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“No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de cómo no hacer una bombilla”. Le pasó a Thomas Edison, le puede pasar a cualquier entrepreneur. De hecho, según un informe de Bloomberg, ocho de cada diez emprendedores que inician sus compañías fracasan en los primeros 18 meses.

El fracaso en realidad se convertiría en tal si no lo tomás como una virtud. Si hay algo que nos repiten hasta el cansancio es que todo error tiene una enseñanza y que toda crisis es una oportunidad. Corregir las expectativas y comprender las verdades aprendidas pueden acercarte más al éxito.

La vicepresidenta de US-Spain Executives Community (USEC), Mónica Martínez, reconoce que existen fracasos comunes a la hora de emprender que están presentes en todo tipo de proyectos, en menor o mayor medida.

Uno de estos es el estar enamorado del producto o servicio a desarrollar, y no del cliente. Por este motivo es importante identificar al público objetivo y validar con él tu emprendimiento. Hay que entender qué necesita el cliente, cómo y cuándo lo necesita, el objetivo es que sea justamente el cliente quien se enamore de tu producto, y no al revés.

Por otro lado, es fundamental seleccionar socios e inversores que mantengan una misma visión y compromiso a largo plazo. A veces puede resultar desesperante la necesidad de tener inversores, y eso puede llevar a que elijas –erróneamente- al primero que aparezca.

Mantener el foco en el objetivo final y no despegar el ojo del cash flow también te van a mantener más alerta ante un posible fracaso.

Por último, es reconocida la capacidad de resiliencia en el ADN de los entrepreneurs. Una startup puede convertirse en una montaña rusa, por lo que es recomendable corregir los errores rápidamente, celebrar los éxitos y aprender de los fracasos.

Vivir el fracaso en positivo hace parte del arte de emprender con éxito. Tener la capacidad de entender las lecciones de fondo que conllevan los errores y tenerlas en cuenta en un futuro, es un activo y una gran palanca para el éxito.